viernes, 30 de marzo de 2012
Mí marido...
Mí marido siempre fue de izquierdas. Se afeitaba con la izquierda, abría las latas de cervezas con la izquierda, me azotaba el trasero con la izquierda, bajaba el volumen de la radio con la izquierda, zurraba a los niños con la izquierda, conducía con la izquierda, se duchaba con la izquierda, me pegaba con la izquierda, e incluso la vecina con la que me puso los cuernos, vivía en el segundo izquierda. No lo podremos enterrar hasta mañana. Él muy gilipollas ha tenido que morirse hoy, 29-M, el día de la...
lunes, 26 de marzo de 2012
Soledad
Los azulejos del baño son color marfil, con una cenefa formada por una guirnalda de flores celestes. En la parte más cercana al espejo, hay cuatro azulejos de un azul intenso, que rompen la barrera que forma la cenefa, dándole al baño un ambiente de reconstrucción continúa, debido a las humedades.
Soledad tiene 41 años, sus arrugas marcan su frente y contorno de ojos. Tiene los ojos marrones, del mismo tono que los accesorios del cuarto de baño, toallero, porta-toalla y cubre-papel . Algunas canas le asoman por la raíz de su cabello, el cual, es rizado, aunque ahora lo lleva recogido con un moño alto. Coloca una bolsa de aseo, llena de maquillaje y manchada por polvos marrones, detrás del grifo. Se está pintando los labios, el color elegido para hoy, un rojo intenso. Se compró esa barra de labios cuando empezó a “tontear” con el vecino del quinto piso. Soñaba cada noche con él, con su espalda ancha, y su cuerpo esculpido por los dioses. Durante cuatro largos años deseo con todas sus fuerzas que este hombre le arrancara el carmín de su boca con un largo e intenso beso. Pero eso nunca paso. Esos labios no habían sido besados por ningún hombre, salvo su padre. En aquellas noches cuando el alcohol le nublaba la vista, y él la poseía en su cama, cubierta por una colcha rosa palo. Por supuesta, ella nunca le contó nada a nadie. No quería que la tachasen de fresca.
Cogió del perchero su chaqueta negra y su abrigo gris marengo. Cerro la puerta sin echar la llave. El gato se quedó maullando. Salió a la calle. El cielo estaba encapotado, cubierto por extensas nubes blancas. En la inmensidad de la lejanía una neblina húmeda cubría las azoteas de los edificios más altos. Corría una brisa de aire con un aroma a zinc y a hierro. Soledad pensaba que no tardaría en chispear. Se tenía que dar prisa si no se perdería el traslado de su virgen, la única persona en el mundo que la entendía y escuchaba sus problemas pacientemente.
Faltaba tan sólo 7 días para semana santa, y el ambiente en la calle recordaba a domingo de ramos o lunes santo. El gentío ocupaba las callejuelas del centro, como una masa deseosa de sangre cofrade. No se podía caminar por calle Dos aceras, la gente formaba una muralla en torno al paso de la pollinica. Los quioscos ambulantes ocupaban el lugar que antes circulaban los coches. Carretería estaba cortada. Soledad torció a la derecha, prefirió cruzar por la goleta para acudir a la puerta de Santo Domingo. Bajo la cuesta, y pasó por el Pasillo de Santa Isabel, menos saturado de gente. Pero la masa se dirigía, cruzando por los dos puentes, hacia la plaza de Mena.
En el puente de los alemanes, Soledad se sintió fatigada, estaba rodeada de personas, por su derecha e izquierda. Por un momento, imagino que el puente se rompía y quedaban atrapados en aquel amasijo de hierro verde. Abrió la boca y exhalo el aire gélido que entró pronto por sus pulmones descargando su garganta. Apretó el camafeo, marfil de la Virgen de Fátima que llevaba en su solapa. Mientras rezaba en voz baja. Su madre nunca hubiera permitido que saliera con ese broche a la calle, una semana antes del domingo de ramos, día en el cual toda chica de bien debe estrenar algo. Ese broche se lo había regalada su madre a Soledad, las últimas navidades. No lo había estrenado antes, Soledad no podía esperar una semana a ponérselo, no aguantaba más.
No había nacido en una familia pudiente pero su madre siempre se había encargado de que no le faltara de nada. Y menos aún, algo que estrenar el domingo de ramos, ya fuera una blusa, una bufanda, unas medias negras o un camafeo, como en esta ocasión.
Las cornetas sonaban más lejos de lo que realmente estaban. El aire de poniente hacia que el sonido no fluyera con normalidad. Desde lejos, diviso la extraña pareja que formaban en un trono, la imagen de la titular de la Congregación de Mena, resultado de la fusión, en el verano de 1915, de la Antigua Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, con la Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, y “el cristo de los legionarios”, como era archiconocido, tanto dentro como fuera de la ciudad.
Unas palomas saltaron de su lecho con la llegada de la banda de música y corrieron a refugiarse en las tejas de la azotea de la capilla. Soledad se acordó de su madre y de la noche en la que ella murió. “Fue buena hasta para morirse” le decían las vecinas en el sepelio. Era el primer año que acudía sin ella a ver a su Virgen, con la cual no sólo compartía su nombre, en todos los acontecimientos importantes de su vida ella había estado presente, como una fiel amiga, compañera y amante. En su bautizo, en su comunión, en la boda de su vecina Chari, en el entierro de su padre, en el de su hermano, en el de su abuela, y el último, el de su madre.
Un nudo se le hizo en la garganta cuando se acercó el paso. Apenas estaba a 6 metros del trono. Ya podía ver el rostro blanquecido de su compañera, pero no sus ojos, ya que su mirada se perdía por el asfalto, en un momento de agonía propio de una madre que pierde a su hijo, y que el escultor decidió plasmar en esta imagen. El sonido constante de los tambores fue seguido por un solo y alargado toque de corneta. La masa empujaba a Soledad, y la encerraba en una alineación imperfecta, dispuesta a presenciar tal espectáculo. Al toque de corneta le siguieron las demás, al compás y al unísono, pronto se unieron los tambores.
La gente seguía empujando. En la fila de enfrente había un grupo de jóvenes. Todos estaban emparejados, más a la izquierda un matrimonio, daba muestra de su amor, con un tierno y sincero beso. En la segunda fila, un padre tenía a su niña, montada sobre los hombros. La música sonaba cada vez más fuerte y el sonido de las cornetas penetraban en su cuerpo y sacudía todos sus órganos. Alzo la mirada hacia el trono, la virgen estaba a escasos centímetros de ella. Soledad entabló un diálogo visual en el que solo estaban ella y su virgen, de fondo la música.
El manto azul oscuro cubría todo su cuerpo, el aire movía su pequeña corona, y el pañuelo blanco dejaba escapar algunas ondas de su pelo hecho tirabuzones. Miró de reojo, una pareja se abrazaba, como si fuera el último día de sus vidas. La armonía se intensificó, arañando el alma de Soledad. Ensimismada, pensaba que había pasado otro año, un año más se decía para sus adentros, una semana santa más, otro domingo de traslados, una nueva cita con su virgen, otro de los muchos reencuentro que tenían durante el año, otra vez, miró a otra pareja, en la cual, reconoció a su vecino del quinto. Su amor platónico, agarraba a su novia por detrás, y con mucha suavidad a través de golpes secos, rozaba su pene contra el culo de la muchacha, al ritmo de la música. Ella era gorda y fea, pensó Soledad. Además ni siquiera tenía los labios pintados y acudía a la cita en chándal. El choque de los palos del tambor contra la madera era la parte favorita de la marcha procesional de Soledad. De repente, se hizo un silencio orquestal, y Soledad se armó de valor, y cómo cada año, volvió a preguntarle a su virgen. ¿Cuándo? Habían pasado ya muchos años, y siempre le pedía lo mismo. Un hombre. Cuando iba a poder pasear junto a un hombre las calles del centro de Málaga. Presumir de novio delante de sus vecinas. Cerrar de una vez por todas, esa fuente incesante de cuchicheos, que se formaban en torno a ella, cuando pasaba por mitad de su plaza, camino de su casa, sola. En una agónica y asfixiante soledad. Y ahora sin su madre, más sola aún. Quería terminar por una vez con esas miradas llenas de hipocresía, que un año más veía en el encierro de su virgen, y que le mostraban una lástima puñetera e inadmisible por parte de las que alguna vez había llamado amigas. Con todas sus fuerzas, un año más, le pedía a su Soledad, la compañía de un hombre. El trono se alejaba lentamente, meciendo a las figuras al ritmo de la música. Una melodía que hizo que Soledad se emocionará y rompiera a llorar en el más eterno silencio, el aroma fuerte a incienso mezclado con el sudor de los hombres de trono, hizo que se mareara un poco. Se cerraron las puertas de la casa hermandad, con el último suspiro de corneta, aunque la virgen seguía sin contestar a la pregunta que le había hecho Soledad.
viernes, 23 de marzo de 2012
Nunca llevo razón
El pequeño, es tonto, ha dejado los estudios, porque dice que trabajando cómo albañil ganará tanto dinero que pronto se comprará una casa. Y yo le digo: “eso de construir tantas casas se acabará algún día y a ver que haces tan sólo con la E.S.O.”. El mediano no hace nada, ahora eso sí, todos los fines de semana “se pipa” de cubatas y encima regresa a casa en su coche. El dice que no, pero yo ya le he dicho que cualquier día tiene un accidente. Y el mayor, el mayor es un caso perdido, ha dejado a la novia hace dos días y está con la vecina del quinto, ya le he dicho que esa mujer es muy mayor para él, lo que ella quiere es tener niños, y mi Paco es muy pequeño para ser padre. Y ellos, siempre me dicen lo mismo: “que nunca llevo razón”.
lunes, 19 de marzo de 2012
200 años no son nada
Hoy se cumple 200 años de la promulgación de la constitución de Cádiz. Una carta magna que daba esperanzas a un pueblo ahogado en una sumisión completa al poder.
La Constitución de 1812 consagró la idea de que el poder no es ilimitado frente a los ciudadanos. Una idea que en la actualidad está más vigente que nunca. Cuestionamos el poder político, con una huelga general propuesta por los sindicatos para el próximo 29 de marzo. Una huelga que desde mi humilde punto de vista llega tarde, después de aguantar muchos recortes, tanto sociales como económicos. Los sindicatos han permanecido dormidos mientras chupaban de la teta del Estado las subvenciones, fondos de la UE, ERES, etc. Y los políticos se dejan dirigir por los magnates de la bolsa y la banca. Aunque desde aquí insto a toda la ciudadanía a que acuda a dicha manifestación. Que ese descontento que expresamos en la cola del paro, en la charcutería, en la frutería, mientras nos sirven un café en el bar, en la esquina de la farmacia, en la portería, en el ascensor, en la tienda de cortinas, en la guardería, en la universidad, en la lavandería, se note e impregne a todo el país de una indignación absoluta.
Por último, quería aprovechar para contar algo que seguramente no sepa mucha gente. A la constitución de Cádiz se la conocía como “La Niña”, en tono cariñoso. Fueron los absolutistas contrarios a esta carta magna los que la denominaron, en tono despectivo, “La Pepa”, trascendiendo este último apodo hasta nuestros días. Desde la derecha intentaron destruir una constitución que recogía los derechos y libertades de los ciudadanos, y a pesar de no incluir el derecho al voto de la mujer, fue fuente de inspiración para futuras leyes y cuna de libertades. Al igual que muchos dirigentes del PP han tachado estos días la manifestación del 29 como una huelga política, ocultan el deseo de imponer el co-pago sanitario ante las inminentes elecciones o respaldan una reforma laboral que nos restan un siglo de luchas laborales. Y es que a pesar de que el tiempo pase, 200 años no son nada.
jueves, 15 de marzo de 2012
Yo no soy de este mundo
En una pantalla de ordenador Javier, un chico de 24 años, escribe su nuevo estado en el muro de Facebook: “Yo no soy de este mundo”. A continuación, apaga el monitor y se sienta en la cama. Aparta las babuchas a un lado y comienza a colocarse las zapatillas deportivas, que dos semanas antes su madre le había regalado por su cumpleaños. Se pone la cazadora de cuero marrón y coge las llaves, que permanecen inmóviles, en la cima de una gran torre de curriculums.
Baja las escaleras de un adosado situado a las afueras de la ciudad. La tele del salón permanece encendida, en el sillón relax 2000 negro, que hay situado en el centro de la sala, se encuentra un señor de unos 68 años, su abuelo. Javier gira a la derecha, entra en un pequeño dormitorio, que se encuentra a medio camino entre la cocina y la sala de estar. Su abuelo permanece inmóvil. El habitáculo es sobrio. Esta formado por una cama de 95 metros, una mesita de noche, sobre la cual se encuentra una fotografía del Rey y su abuelo, ambos uniformados; y un pequeño armario. Al final de la habitación, y en el lugar dónde debería haber una ventana, permanece aparcada una silla de ruedas, mezcla de aluminio y tela azul tapizada.
Javier abre el armario, el cual mantiene el orden que su abuelo le dio cuando llegó a la casa, hace ya 3 años. La ropa seguía estando ordenada por colores. Los dos uniformes militares se concentraban en la parte derecha del armario. Las medallas de reconocimiento brillaban cuando el reflejo de la lámpara rebotaba en el espejo interior del armario y se proyectaba de nuevo en el cuerpo de este objeto metalizado. Javier se acordó del día en que su abuelo le pegó aquella cachetada en el trasero, cuando lo sorprendió en la habitación jugando con sus galones y sombrero. Aquel golpe le dejo una marca de por vida, en el cachete izquierdo, y le quito las ganas de volver a tocar alguna pertenencia del padre de su progenitor. Agarra un estuche que estaba escondido en el fondo del armario. Lo coloca en el centro de la cama. Abre la tapadera. Observa con entusiasmo el revólver Colt Anaconda plateado que hay en su interior. Saca el arma y se la guarda en la parte trasera de su calzoncillo. Coge dos cajas de cartuchos, que tienen la serigrafía de 44 magnum, y se los introduce en el bolsillo interior de su chaqueta.
El volumen de la tele se incrementa coincidiendo con la sintonía del telediario. Los titulares, como desde hace 6 años no eran nada alentadores. Más cierre de empresas, quiebras de entidades bancarias, recortes presupuestarios, reducción del déficit, aumento del paro, recortes en educación y sanidad, métodos para ahorrar en el hogar, subida de los carburantes, todas estas noticias formaban los ingredientes principales, del menú del día. Javier cierra la nevera, en la que hay colgado un post-it: “No vuelvo para la cenar”.
Se acerca a su abuelo, desliza su mano por el cojín del sillón, encuentra el mando. Baja el volumen. El locutor narra, ahora los acuerdos económicos que pretenden llegar los dirigentes, en el último congreso, que se está celebrando en el consejo europeo, esta semana. Javier sé agachá, acaricia la cabeza de su abuelo. Desde que empezó con la quimioterapia había perdido su gran cabellera grisácea. Ahora sólo le quedaban cuatro bellos mal colocados en una superficie pálida. El cáncer lo había postrado desde hacía dos años en aquel sillón tan reconfortante, que le regalaron a su madre por la compra de un juego de enciclopedias. Al menos alguien le estaba dando uso a aquel mueble, que hasta la llegada de su abuelo había permanecido en el garaje de la casa, pensó Javier. Mientras le da un beso en la mejilla, a su abuelo, el muchacho pronuncia unas palabras entrecortadas: “lo siento”. Se percata que la bolsa de la orina aún está media vacía. Javier se marcha de la casa, dando un fuerte portazo.
El sol está muriendo anaranjado y deslumbra a Javier que conduce un volvo utilitario color azul marino. Coge las gafas de sol de la guantera y se las coloca. Sube el volumen de la radio. La carretera está desierta. Javier acelera.
Cerca de la playa un grupo de mujeres permanece en la puerta de un edificio deshabitado. En la orilla de la playa unas gaviotas se pelean por un trozo de pan. El eco de sus graznidos y el sonido de las olas, acompañado por un viento de levante, es interrumpido por el motor de un coche que se asoma por la cima de la colina y desciende en curva hacia la playa. Dicha interrupción, agita la tranquilidad de las mujeres, de todas las edades, que esperan en la sombra del edificio a medio construir.
Javier se baja del coche. Y saluda con un gesto frío al resto de mujeres. Saca del maletero una bolsa de deportes y un periódico.
Una gaviota sobrevuela la playa y se posa en la grúa amarilla. Javier y las mujeres permanecen en la azotea del edificio. Cada una lleva un paño negro en la mano. Javier sostiene un periódico y habla con una de ellas, mientras hace señas y dirige su mirada a las mujeres, al periódico y a su compañera de conversación de nuevo, repite el gesto varias veces. Un grupo de mujeres observan como las olas toman toda su plenitud, para pocos segundos después, romper en espuma blanca desvaneciéndose en la orilla. Una de las mujeres, la más joven, está llorando. En mitad del silencio se escucha la voz de Javier: “Es el momento chicas”. Las mujeres lo rodean formando un círculo perfecto. Javier no aparta su mirada del diario. Observa con detenimiento una fotografía. Se acerca a una mujer y le pide que se mueva un poco a su izquierda, repasa la distancia que hay entre una y otra, dando vueltas por detrás de la circunferencia formada por las mujeres. Mientras la joven sigue llorando, Javier se acerca a ella, la agarra la mano y le dice que se tranquilice. El muchacho saca el revólver y hace un gesto con la mano a la mujer, con quién estaba hablando hace unas segundos. Está se pone una capucha negra que le cubre todo el rostro. Las demás mujeres la imitan. El primer disparo ahuyenta a la gaviota que estaba posada en la grúa. Javier, en el centro del círculo formado por las mujeres, apunta a la cabeza tapada por la lona negra y vuelve a disparar. El aire hace que el olor a pólvora inunde el lugar. Recarga el revólver y repite la operación, unas 54 veces más. En el cielo, un avión dibuja una línea discontinua de humo blanco. En el tejado del edificio solo queda Javier en pie. Las demás mujeres se mantienen formando el círculo, pero esta vez tumbadas en el suelo. La inercia del disparo ha hecho que la mayoría caigan hacia atrás, solo unas pocas permanecen con el rostro mirando al suelo. Por debajo de todas las capuchas corre sangre. Javier se sitúa el revólver a la altura de su sien y a continuación aprieta el gatillo. En ese mismo instante cae de lado, el periódico que sostenía en la otra mano yace a su lado.
EPÍLOGO
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